jueves, 22 de marzo de 2012

¡VIVA LA PEPA!



Respecto al doscientos cumpleaños de la Constitución de 1812, más conocida como “la Pepa”, por promulgarse el día de San José, quisiera hacer unas cuantas consideraciones, que considero fundamentales para entender el profundo significado de esta Carta Magna.
En primer lugar, es la primera constitución que se da a sí mismo el pueblo español, ya que la Constitución de Bayona no deja de ser una Carta Otorgada y, por lo tanto, impuesta y sin refrendo del pueblo. Debido a su carácter progresista la Pepa se convierte en una constitución cuyo espíritu, podemos afirmar con rotundidad, todavía sigue estando vigente en la actualidad.
En segundo lugar, sus ecos fueron más allá del océano Atlántico e inspiraron las constituciones de los nuevos países latinoamericanos, en aquellos tiempos todavía colonias españolas.
En otro orden de cosas, cabría preguntarse ¿qué es una constitución y cuál es su verdadero significado?:
Una constitución es, en el fondo, una declaración de objetivos adoptados por el consenso de un pueblo. Por lo tanto estamos ante una Ley de Leyes. Cualquier otro tipo de norma no puede contravenir su esencia y su espíritu.
Consecuentemente, una constitución viene a ser la guinda de un pastel al que denominamos “democracia”, la cual puede presentarse básicamente en dos formatos: La República y la Monarquía Parlamentaria. El pueblo español eligió en 1978 la segunda fórmula.
La siguiente pregunta que nos podemos hacer es ¿Qué hay detrás de una constitución?:
En primer lugar, está el deseo mayoritario de un pueblo de hacer, con todas las diferencias y matices que podemos reseñar (razas, religión, sexo, idiomas, culturas…), un camino juntos. Ese camino necesita un cuaderno de bitácora, y ese cuaderno de bitácora es la constitución. Detrás de esa constitución está un paradigma político, que, nos guste o no, es el menos malo de todos los prototipos que se han diseñado a lo largo de la Historia de la Humanidad: Me estoy refiriendo al paradigma democrático. Los antiguos griegos lo inventaron y la Europa decimonónica perfeccionó el diseño para que cupiera todo el pueblo (democracia: el gobierno del pueblo), y no sólo unos pocos privilegiados.
No obstante, no nos engañemos, la democracia no consiste únicamente en dotarnos de una constitución ni introducir el voto en una cajita más o menos transparente (denominada urna) cada cierto tiempo. Ese tipo de actividades, como ya he dicho en párrafos precedentes, son las guindan de ese gran pastel. La democracia de verdad reside fundamentalmente en dos pilares: La economía y la Educación. Decía Joaquín Costa, un regeneracionista que vivió a caballo entre el siglo XIX y el XX, que no hay libertad sin garbanzos, y la democracia es precisamente eso, la libertad. Yo añadiría, además, que la democracia sin educación y concienciación ciudadana tampoco puede considerarse como tal.
Por utilizar un símil asociado a la revolución industrial, la democracia es tecnología punta, y no todos los pueblos están capacitados para utilizarla y sacarle todo su rendimiento. Para ello se requiere un acervo cultural al que sólo se puede acceder superando ciertas fases de desarrollo económico, políticoy sobre todo social. Esa es la razón última por la cual en países como Afganistán, Uganda o Etiopía la democracia se halla todavía en pañales. Estos países deben superar todavía muchos escollos para conformar sociedades auténticamente democráticas.
Dicho de otro modo, el voto de la miseria y el oscurantismo
no es un voto, es esclavitud. La historia de la España Contemporánea está escrita con la sangre de muchas españolas y españoles que lucharon contra ese cautiverio y sucumbieron en el empeño. Hubo muchos intentos democráticos, algunos de ellos fueron efímeros (léase la 1ª y 2ª República) y no pasaron de ser simulacros frustrados, ensayos pretenciosos sin una auténtica base social en los que poder sustentarse, como sucede actualmente en muchos países del Tercer Mundo. Otros no pasaron de meras pantomimas, trucos de magia que no pretendían otra cosa que engañar al pueblo español, al que se utilizaba sin ningún tipo de escrúpulo. Véase, por ejemplo, el período de Restauración (1876-1923), en el que se desarrolló la práctica del denominado turnismo y, asociado al mismo, el ignominioso sistema caciquil. La Restauración finalizó, como era de prever, en un golpe de estado llevado a cabo por el general Primo de Rivera.
En fin, después de doscientos años de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” (famosa frase de Winston Churchill), de ensayos fallidos, de utopías asesinadas, de deseos ahogados en el pozo del egoísmo, la superchería, el integrismo y la desolación del analfabetismo, por fin los españoles fuimos capaces de crear una Ley de Leyes en la que cupieran “todas las Españas”, casi todos los ciudadanos, casi todas las sensibilidades: una constitución verdaderamente consensuada.
La Constitución de 1978 es la culminación de un proceso que comenzó con un puñado de liberales ilusos en el extremo sur de la Península Ibérica, un puñado de idealistas que creyeron en la democracia cuando la mayoría de los españoles no sabía todavía ni leer ni escribir. Aquella constitución fracasó, porque España no estaba preparada para aquellos lujos. La Constitución de 1978, nieta privilegiada de aquella quimera a la que denominaron con cierta sorna Pepa, acabó por triunfar. Las razones fundamentales del éxito residen, precisamente, en una economía que nos permita decidir con el corazón y la cabeza, y no con el estómago, el miedo y la ignorancia.
Felicidades, Pepa.
José Antonio Rey, profesor de Historia no IES Leiras Pulpeiro

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